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Cuando surgen las dudas en una relación

24/07/2017· Artículos

CUANDO SURGEN LAS DUDAS

Inevitablemente, pasado cierto tiempo, empiezan las dudas y con ellas el dolor hace acto de presencia en la relación.

Las dudas pueden llegar de repente o poco a poco, casi imperceptiblemente y los efectos serán muy distintos según el carácter y los antecedentes de cada uno.

Las causas que pueden desencadenar las dudas son tan diversas como complejas somos las personas. Un comentario, una conducta a la que no habíamos dado importancia en otras ocasiones, adquiere de pronto un dramatismo que parece mover los cimientos más profundos. En otras ocasiones, aparentemente no habrá pasado nada especial, pero nuestros pensamientos, casi de forma imperceptible, empezarán a cuestionar lo que la pareja ha hecho o dejado de hacer, lo que nosotros deseábamos que hiciera, lo que creemos que debería haber pasado, lo que nos oculta, lo que el otro puede estar pensando…. En estos casos la pareja sufre un fuerte desgaste.

 

Una de las primeras dudas es: ¿se terminó el amor, el cariño?

Más que una duda muchas veces parece un lamento. Las expresiones más comunes son, ¡cómo es posible que se haya acabado el amor con lo que l@ quería!

Aquí normalmente se produce una diferencia en la forma de enfocar esta situación según se trate de un hombre o una mujer.

Sin pretender generalizar, la mayoría de los hombres asume con menos resistencias esta posibilidad. Su naturaleza biológica, muy diferente a la mujer, les lleva a aceptar más rápidamente que el amor se ha podido terminar. Ellos suelen vivir esa primera fase de enamoramiento, que a veces confunden con apasionamiento, con gran intensidad; pero también se desinflan con mayor facilidad.

Algunos aspectos nos parecen tan evidentes que nadie los pone en duda, por ejemplo, todos asumimos que los hombres tienen más fuerza física que las mujeres, ¿pero por qué no tenemos claro que los hombres y las mujeres sienten el amor de forma diferente? ¡Cuidado! no estoy diciendo que unos lo sientan con mayor o menor intensidad, pero sí que lo viven de forma distinta.

Al igual que nuestra sexualidad es diferente, cuando surgen las dudas en las relaciones amorosas nuestra vivencia también es dispar.

Si el hombre ha identificado amor con pulsión sexual, cuando ésta disminuye por el paso del tiempo, o porque se han producido una serie de circunstancias que han condicionado esa relación, puede pensar que ya se terminó el amor y, en consecuencia, cambia su conducta o sus manifestaciones.

A las mujeres les cuesta más asumir que el amor se ha terminado porque lo experimentan de forma distinta. Salvo ciertos casos, y en determinadas edades, para la mujer la sexualidad será un componente más del amor, pero no el único, y en muchas ocasiones ni tan siquiera será el elemento crucial.

La afectividad también es diferente y las mujeres estará especialmente sensible a las manifestaciones de cariño, a los cuidados, mimos, atenciones y detalles por parte de su pareja. Para la mujer, el hecho de que sienta la ausencia de estas manifestaciones significa que ella aun las espera; sus dudas y su angustia surgen al constatar que su pareja no parece sentir esta necesidad o, lo que aun es peor, no parece ser consciente de que ella lo está pasando mal.

Ahí empiezan las diferencias insalvables y, sin quererlo, surgen las semillas del desencuentro.

La mujer, lejos de pensar que el hombre siente el amor de otra forma y lo manifiesta de manera distinta, empieza a pedir y a exigir esas manifestaciones afectivas que tanto añora y que en ella van unidas al hecho de sentir amor.

El hombre con frecuencia, se siente sorprendido y requerido a tener determinadas manifestaciones afectivas que le cuestan, pues en muchas ocasiones no le surgen de forma espontánea. Por otra parte, el hecho de sentirse “casi obligado”, lejos de estimularle o acercarle afectivamente a la pareja, le produce rechazo y distanciamiento.

Las dudas sobre si se terminó el amor en muchas ocasiones no se producirían si ambos, hombres y mujeres, conociéramos perfectamente la forma de vivir el amor de unos y de otros, si supiésemos en detalle las distintas fases que atravesamos, la secuencia de manifestaciones afectivas que se van produciendo, cómo podemos estimularlas, lo que hace falta cada día para que ese amor crezca, lo que lo destruye, habilidades para resolución de conflictos, habilidades de comunicación….

 

¿Qué hacer cuando en su caso concreto surgen esas dudas, esas terribles preguntas que parecen marcar el final de una etapa feliz? Claves que nos pueden ayudar en este momento:

 

1.    En toda relación afectiva, tarde o temprano surgirán dudas. Cuando lleguen, las viviremos como una parte más del proceso, no como el inicio de un final anunciado, salvo en casos que no se quiera continuar con la relación.

2.    Las dudas no son peligrosas, cuando las recibimos sin angustia nos ayudan a objetivizar nuestros sentimientos y nos muestran hasta qué punto controlamos o no nuestras emociones.

3.    Cuando nos encontremos demasiado agobiados o confusos ante estas dudas, será importante que nos concedamos un tiempo de descanso. Si la situación lo permite, unos días o semanas sin ver a nuestra pareja nos pueden ayudar a saber lo que sentimos. Será muy importante cómo se lo comuniquemos, lo haremos con calma y con afecto, pero también con convicción, sin dar marcha atrás. De la misma forma que no nos podemos imponer un sentimiento, debemos concedernos la tranquilidad y la distancia que nos ayudarán a ver, sentir y analizar tanto la situación que vivimos, como el estado de nuestra relación. Cuando la situación haga muy difícil esta opción, se buscará un acuerdo de mínimos, que consistirá en que, viviendo juntos, se concederán “un tiempo de descanso mutuo”, en que no hablarán sobre sentimientos de cada uno, intentarán no realizar actividades conjuntas, no tendrán relaciones íntimas….

4.    Si después de ese periodo seguimos teniendo dudas, no forzaremos la relación; se lo explicaremos a nuestra pareja e intentaremos encontrar un acuerdo. Si la pareja decide que no quiere esperar más, estará en su derecho, pero alejaremos inmediatamente de nuestra mente los pensamientos de derrota o fracaso. Una pareja que decide no dar a la otra persona la tranquilidad que en ese momento necesita, seguramente no era la pareja ideal para continuar la relación amorosa.

 

Cuando el amor es auténtico, las personas con equilibrio emocional saben que no pueden ni deben forzar las situaciones. Si al final, desde la tranquilidad que da el convencimiento, decidimos que se terminó el amor, no renegaremos del mismo; antes bien, intentaremos extraer las enseñanzas y las vivencias que nos aportó, y lo haremos no para trasladarlas a la siguiente relación, sino para avanzar en ese aprendizaje particular que nos permitirá sentirnos mejor cada día con nosotros mismos y con las vivencias que tendremos en un futuro.

 

Habrá casos en los que todavía tengamos dudas y nos plantearemos aquello de: ¿aun puedo tener esperanza?

 

Sólo merece la pena hablar de esperanza en aquellos casos en que la relación afectiva nos ha llenado de felicidad, pero también de seguridad y equilibrio. Cuando la incertidumbre y la insatisfacción han sido constantes de ese supuesto amor, ¿para qué queremos que continúe?, ¿para seguir sufriendo?, ¿para esperar, contra todo pronóstico, que la relación cambie y que la otra persona se transforme en lo que desearíamos y no en lo que es…?

¡Con qué frecuencia nos agarramos a relaciones equivocadas! Nos engañamos en un principio y, lejos de rectificar, pretendemos seguir engañándonos, reinventando los hechos, transformando la realidad y esperando imposibles.

 

Por el contrario, cuando ambos hemos vivido una relación tan intensa como compartida, tan profunda de sentimientos como llena de generosidad, tan plagada de amor como de cariño, tan repleta de respeto como de admiración, ¡MERECE LA PENA VOLVER A INTENTARLO!, y lo haremos con una única premisa: ¡QUE LOS DOS LO QUERAMOS!, que ambos estemos en el mismo punto de partida, que lo deseemos con la misma intensidad, que ninguno se sienta presionado ni condicionado por el otro, que el motor sea seguir haciendo crecer ese amor, que tanta felicidad nos ha proporcionado.

Cuando sintamos que la otra persona aún nos quiere como nosotros deseamos que nos quiera, y que nosotros seguimos sintiendo ese éxtasis, que sólo hemos alcanzado cuando hemos experimentado el amor que nos llena de plenitud, entonces podremos tener esperanza y pondremos todas nuestras energías para vivir, si cabe con más plenitud, ese amor que tanto nos llena.

Lo contrario no tiene sentido y, como antes comentábamos, las mujeres, con más frecuencia que los hombres, tienden a resistirse y les cuesta dar por terminada una relación que está condenada al fracaso. En un intento tan estéril como doloroso, desean que vuelva a crecer lo que hace tiempo se quemó, incluso lo que nunca llegó a germinar, o sólo existió en su imaginación.

 

Ahora contesta si puedes a esta pregunta, ¿merece la pena intentarlo?

 

 

 

 

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